Espartaco: Howard Fast
La novela, pues, seduce por una narración en la que Espartaco aparece y desaparece. Conocemos de él por lo que cuentan (o recuerdan) personajes como Léntulo Baciato, Craso (que nunca lo vio), Varinia o David, el compañero judío del tracio en la escuela de gladiadores y la revuelta, y último superviviente de la misma, crucificado en Capua para dar ejemplo; la propia historia de David, en la que Fast se recrea, nos ilustra acerca de la dureza de Roma, así como de la crudeza de la vida en un mundo en el que la opresión, la esclavitud, la miseria y la muerte son las constantes no idealizadas de un pasado lejano. La ejecución de David es la postrera demostración del dominio absoluto de Roma y un ejemplo que ésta trata de imponer a sangre y fuego con la crucifixión de más de seis mil prisioneros esclavos a lo largo de la Vía Apia, como las fuentes clásicas recuerdan.
Fast no trata de idealizar al personaje, como hiciera Arthur Koestler en Espartaco. Los gladiadores (1940). El Espartaco de Fast no es perfecto, no se envanece de su propia leyenda, no trata de demostrar ser un gran líder. Es humano, está lleno de odio hacia Roma y todo lo que representa. Pero también tiene el suficiente carisma para arrastrar a miles de esclavos con él; ama a Varinia, aunque sabe que finalmente será derrotado y ejecutado, pues Roma es demasiado poderosa para ser derrotada, por muchos ejércitos romanos que los esclavos derroten. Pero, como Koestler, también comunista, critica en su novela las desigualdades sociales, la opresión de Roma contra los pueblos que sojuzga y esclaviza.
Interesantísima novela, plagada de anacronismos, pero que se lee (se devora más bien) con enorme placer. Una recomendación en todos los sentidos, más ahora que contamos con una edición de bolsillo (Quinteto, 2010) al alcance de todo el mundo. No la dejéis pasar.





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